Salomon Kalmanovitz
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El síndrome del economista doctor
21 de diciembre de 2014 - El Espectador

 

Albert Hirschman tenía poca simpatía por los expertos que trabajaban para los organismos internacionales y recetaban fórmulas elementales para curar los problemas del subdesarrollo
Salomon Kalmanovitz
 

Aunque James Robinson no trabaja para el Banco Mundial, sí les prestó alguna orientación para que tuvieran en cuenta la economía política y las instituciones y no se conformaran con sus recetas convencionales. En su escrito del 13 de diciembre en El Espectador, sin embargo, cae en la misma trampa de los expertos que tienen fórmulas que pueden aplicarse a todos los países pobres del globo: desde Mauricio a Zimbabue, pasando por Inglaterra, que privatizó las tierras comunales en el mismo siglo antes de industrializarse, todo para afirmar la inutilidad de una reforma agraria y propiciar de nuevo un gran éxodo del campo a la ciudad.

La receta de Robinson se parece a la de Lauchlin Currie, quien en 1970 orientó al gobierno de Misael Pastrana para que indujera un gran traslado de campesinos a las ciudades, en donde los esperarían supuestamente trabajos en la construcción. Hirschman, por el contrario, insistió en la reforma agraria que rompería un equilibrio político pernicioso. En 1971, la reforma emprendida una década atrás fue enterrada porque los campesinos se atrevieron a invadir tierras y todas las élites del país se unieron para oponerse a ella.

El problema agrario se recrudeció con el conflicto interno. Paramilitares, guerrilla y fuerzas armadas desplazaron 6 millones de campesinos que fueron despojados de sus activos, incluyendo a una próspera clase media tecnificada, como la que le gusta a Robinson. No quiero idealizar al campesino y entiendo que su vida es dura, monótona y con pobres perspectivas de progreso. Pero aún así, el problema es que el final del conflicto exige que todos los afectados sean reparados en la medida de lo posible, sus activos devueltos y les sirvan quizás para aliviar su situación de migrantes urbanos que enfrentan enormes dificultades. Es probable que la mayor parte no quiera volver a enfrentar el terror de los orangutanes armados hasta los dientes. Pero también es posible envisionar un campo explotado por pequeñas, medianas y grandes explotaciones, para las cuales hay 20 millones de hectáreas con vocación agrícola subutilizadas.

Hirschman planteó que frente a un problema cualquiera los agentes podían optar por la salida (emigrar del campo a la ciudad) o la voz (organizarse y protestar hasta que fueran escuchados). Con la negociación para acabar el conflicto, las Farc, la izquierda y algunos liberales buscarán amplificar la voz de los afectados, incluyendo a los colonos cocaleros que son la base social de la guerrilla. La derecha extrema y otras fuerzas buscarán que los campesinos huyan de su condición, lo que reforzaría las estructuras de desigualdad, la pobre utilización de la tierra y la resistencia de los terratenientes a pagar impuestos; en general, tal opción frenará el desarrollo económico de largo plazo del país, como ya lo ha logrado por doscientos años.

Frente a la manoseada estrategia de la educación, Robinson no nos enseña el camino para impedir que el clientelismo de los políticos y de los maestros deteriore la calidad de la educación colombiana. Debiera existir un sistema público universal al que concurran todas las clases sociales, que sea de alta calidad y garantice el desarrollo de la innovación. Pero, ¿quién lo construye, James?


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