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El plan de desarrollo
30 de noviembre de 2014 - El Espectador

 

La planificación económica ha sido esquiva en la historia del país. Cuando se estableció el Departamento Nacional de Planeación (DNP) en 1960, la participación del Estado en la economía rondaba el 8% del PIB, lo que no dejaba mucho para invertir y conducir al país hacia una meta determinada.
Salomon Kalmanovitz
 

No obstante, se hacían cálculos para indicarle al sector privado lo que había que hacer y se manipulaban la tasa de cambio y la tasa de interés. Lo que sí existía en ese entonces, y se mantuvo como tradición ya liquidada, es que el DNP concentraba algunos economistas preparados y talentosos que después pasaban a liderar los ministerios estratégicos para el crecimiento.

Quizás el único plan de desarrollo que fue exitoso por su focalización limitada fue el pensado por Lauchlin Currie en 1970, que basó su estrategia en la construcción de vivienda, financiada con un sistema de ahorro de valor constante que canalizó y dejó sin fondos al resto del sistema financiero. En ese entonces la inflación rondaba el 20% anual y la gente que tenía el dinero en los bancos perdía su valor. Al pagar tasas de interés por encima de la inflación a los ahorristas, las corporaciones de ahorro y vivienda vivieron su cuarto de hora y se desarrolló mucho la finca raíz urbana.

El plan de Currie negaba la política de reforma agraria emprendida durante la década anterior y buscaba vaciar el campo para que los campesinos se volvieran obreros de la construcción, algo que no sucedió. La migración campo-ciudad ya se manifestaba como avalancha y aumentaban los índices de informalidad y desempleo. El crecimiento que tuvo la economía durante esos años no se debió tanto a la construcción, sino a las exportaciones industriales y agrícolas, fomentadas por una devaluación real que contribuyó a la alta inflación que se vivió hasta llegado el siglo XXI. Este incentivo se perdió totalmente en las décadas que siguieron por la revaluación del peso y la falta de interés en la industrialización que comenzó a considerarse artificiosa. Turbay gastó demasiado en infraestructura que hizo inflación y aumentó los costos de producción, mientras que en los noventa tuvimos la primera bonanza petrolera que nos llenó de dólares.

El plan de desarrollo de Santos II tiene 793 páginas en las que economistas jóvenes pudieron aportar todo lo que se les ocurriera, evidenciando dispersión y una redacción farragosa, a veces cantinflesca. A pesar de que hoy el Estado comanda 23% de la economía (sin contar la seguridad social), el gasto discrecional del Gobierno es muy limitado y la inversión es la variable de ajuste que se viene abajo en caso de una reducción de ingresos. Es precisamente lo que va a suceder con el colapso de la renta petrolera.

El plan actual plantea cinco estrategias: infraestructura, movilidad social, transformación del campo, consolidación del Estado y buen gobierno. La primera va a tener que hacerse mediante concesiones “público-privadas”, o sea con peajes elevados. La inmovilidad social es la regla ancestral, difícil de cambiar con la exigua tributación que tanto defiende el Gobierno o con 10.000 becas. La transformación del campo puede iniciarse con paz. Si el Estado logra el monopolio de los medios de violencia y depura la justicia de clientelismo, se consolidará. Y el buen gobierno nos lo quedó debiendo Santos I. No hay ninguna estrategia de reindustrialización, a pesar de que el fin de la bonanza minera la propiciaría.


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