Salomon Kalmanovitz
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¿Qué es lo que quiere Petro?
7 de septiembre de 2014 - El Espectador

 

Petro llegó a la alcaldía de la capital con unas pocas ideas fijas y un equipo que ha cambiado incesantemente, incapaz de envisionar, planificar o ejecutar unas políticas sensatas.
Salomon Kalmanovitz
 

La situación de inseguridad es particularmente desastrosa e informa de malas o inexistentes relaciones entre la policía y la alcaldía: se cometen crímenes incluso cerca de a los CAI y el deterioro es evidente en los barrios del sur, el centro, La Macarena, Teusaquillo, Chapinero y Cedritos.

La movilidad ha colapsado, entre otras causas, porque no hay relación tampoco entre la policía de tránsito y el alcalde. La Secretaría de Movilidad la obliga a poner comparendos o a los agentes se les ve ociosos, pero nunca aparecen para solucionar trancones en una ciudad sin ley ni orden. Los buses del SITP andan vacíos gastando gasolina de nuestros bolsillos y congestionando un tráfico que no fluye a ninguna hora. Las calles se destruyen a un ritmo superior al de su reparación. Transmilenio no va para ninguna parte.

Petro pretendía destinar $36.000 millones para reprimir a la minoría de aficionados a los toros y hacer un faraónico proyecto cultural que enterrara el ruedo. Bien hubiera podido colonizar un espacio adyacente, destinado a parqueaderos que invaden impunemente el espacio público. Mientras el alcalde humaniza a los toros, maltrata a los ciudadanos.

Otra de sus malas ideas fue peatonalizar la carrera Séptima y el Eje Ambiental durante ciertas horas, que se constituye en riesgo para los usuarios cuando retornan a su función de ser arterias vehiculares y de transporte público. Su cambio de uso deteriora la movilidad del centro histórico y les genera ingentes pérdidas a sus comerciantes formales. Mientras hay muchas calles en el centro que van hacia el oriente, casi no hay que lleven al occidente; su falta de uso las convierte en parqueaderos que paralizan aún más la movilidad.

Los amplios andenes de la Séptima se han tornado en pulgueros sucios, invadidos por cuatro megáfonos en cada cuadra que polucionan auditivamente el sector, lo que acorrala a los peatones en la calle que deben compartir con los ciclistas. Los habitantes de los edificios del centro encuentran sus alrededores plagados de basuras y los que pueden están abandonando lo que solía ser un buen vividero, pero que se ha tornado en una pesadilla. Los domingos hay más vendedores informales que peatones y deportistas.

La administración distrital ha propuesto una reforma tributaria “progresista” que el Concejo le ha tumbado tres veces. Tres administraciones de izquierda han liquidado la cultura ciudadana de antaño, que incluía la disposición a pagar más impuestos porque estos se veían en obras y en el progreso de la ciudad. Hoy los bogotanos desconfían: se preguntan qué pasa con los impuestos que pagan por rodamiento y sobretasa a la gasolina y que no se ven ni en la reparación ni en la ampliación de malla vial. La exigencia de pagar prediales más elevados no se compadece con barrios enteros que parecen haber sido bombardeados. Todos los impuestos que se robaron durante la administración Rojas y las sospechas que recaen sobre la actual por hacer la contratación a dedo —incluyendo la reparación de vías y la recolección de basuras—, nos despiertan resistencia a entregarle nuevos recursos.

Se trata de una administración que, gracias a su incompetencia, mantiene cerca de $4 billones en bancos que no ha podido ejecutar. Entonces, ¿para qué más?


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