Salomon Kalmanovitz
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En el camino a la civilización
1 de junio de 2014 - El Espectador

 

No somos la democracia más antigua de América. Por el contrario, las diferencias políticas fundamentales en Colombia se resuelven violentamente y no mediante la negociación.
Salomon Kalmanovitz
 

La Guerra de los Mil Días (1899-1902), la violencia partidista de los años cuarenta que se recrudece más adelante y que determina el surgimiento de las Farc hace exactamente medio siglo, el conflicto interno agudizado por el paramilitarismo y financiado por el narcotráfico, son todos evidencias de una pesadilla histórica que estamos a punto de superar.

La paz está a la vuelta de la esquina de unos diálogos que han sido productivos y que de concretarse tendrían unas consecuencias benéficas que son difíciles de imaginar. No sólo podremos salir a pescar de noche, como lo soñaba Darío Echandía en tiempos de la Violencia, sino que recursos destinados a la guerra serían aplicados a la seguridad ciudadana y estaríamos más protegidos de los delitos que amenazan nuestras vidas y propiedades.

Seis millones de víctimas podrían ser resarcidas y 800.000 hectáreas en manos de los agentes violentos recuperadas, de tal modo que el campo sería sembrado por campesinos, y habría además inversiones e innovación tecnológica. La renuncia al narcotráfico con que se han comprometido las Farc tiene una enorme importancia para liquidar la guerra y para aislar a los grupos herederos de los paramilitares que delinquen por doquier y guardan demasiada influencia política. Las Farc no son el mayor cartel de drogas del mundo, como afirma sin pestañear Zuluaga, quien no midió el poder de los Rastrojos o de los carteles mexicanos y acumula mentiras irresponsablemente.

Recursos antes destinados a la guerra podrían ser encauzados a financiar más bienes públicos: investigación aplicada, asistencia técnica a nivel de finca, distritos de riego y drenaje por doquier (no sólo en el latifundio de Uribe, El Ubérrimo), cooperativas y carreteras terciarias. También habría mayores impuestos prediales surgidos de un veraz catastro rural que beneficiaría a todos los municipios del país, algo que los amigos de la guerra ven con horror, pues están acostumbrados a no tributar, pero sí a mandar.

Los mercados internacionales han descontado la paz y se ha reducido el riesgo país: hoy es más barato que nunca financiar la deuda pública y privada del país. Si un país en conflicto crecía bien, es la lógica de los inversionistas, ¿cómo sería si estuviera en paz? Las Farc y el Eln no volverían a volar oleoductos ni obstaculizarían la exploración y explotación de los recursos naturales. Los turistas podrían viajar por el país hasta los más retirados parques naturales con que contamos y que desconocemos.

La democracia colombiana renacería cuando dejen de existir los grupos armados ilegales: los movimientos sociales podrían hacer sus demandas que serían atendidas en la medida de lo posible. Las presiones sociales deberían conducir a un aumento de la tributación de los que más riqueza tienen, sin amenazarla, y así financiar de manera responsable la educación y la salud de todos los ciudadanos.

Zuluaga se autoproclama como presidente de la educación, pero devolviendo impuestos a los más ricos no tendrá con qué financiarla, como tampoco la salud ni tantas otras de sus promesas huecas.

 

Adenda: me decepciona la posición de Peñalosa y del Polo: no se puede ser neutral frente a los que insisten en la guerra fratricida. Hay que escoger entre el mal menor y la esencia del mal.


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