Salomon Kalmanovitz
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En defensa de lo público
16 de marzo de 2014 - El Espectador

 

El socialismo del siglo XXI le ha hecho un grave daño a la legitimidad y a la conveniencia de la intervención del Estado en la economía
Salomon Kalmanovitz
 

Ha lesionado la fe pública en lo público, al actuar por medio de una burocracia autoritaria, incompetente y rapaz. La intervención ha sido tan desafortunada e irresponsable que ha reventado todos los equilibrios macroeconómicos en Venezuela y un poco menos en Argentina: el banco central emite a favor del Gobierno causando inflación desbordada que carcome los ingresos de todos, las cuentas externas entran en déficits incontrolables, el país pierde acceso al crédito internacional y el Gobierno es incapaz de atender las mínimas condiciones de infraestructura y seguridad para con sus ciudadanos.

Los ensayos de gobierno del moderno socialismo en Bogotá han probado ser igualmente perjudiciales. Se ha pasado de la corrupción encubierta de Luis Eduardo Garzón a la más descarada de los hermanos Moreno y al puritanismo doctrinario de Petro, todos carentes de un proyecto viable de avanzar sobre lo construido. En efecto, las administraciones de Castro, Mockus y Peñalosa contribuyeron a la claridad jurídica, al fortalecimiento presupuestal, a iniciativas de transporte masivo y al ordenamiento de las empresas distritales que nos hicieron sentir optimistas sobre el futuro de la ciudad.

Hoy nos sentimos profundamente defraudados. La ciudad ha perdido movilidad y el alcalde evade su responsabilidad acusando del descalabro a las empresas privadas que le corresponde organizar a su administración. Los huecos de las calles no se repararon en el largo verano que tuvimos y ahora parece una ciudad bombardeada, sin ningún remedio a la vista.

Petro pudo tener razón en que parte de la recolección de las basuras podía ser asumida por la administración distrital, pero para eso debió organizar una empresa dotada de gobierno corporativo y ejecutivos expertos en el negocio, y no otorgárselo al Acueducto, cuya función es otra. No pareció importarle al alcalde que el próximo mandatario desmonte la función de recoger las basuras que él asumió de manera desmadrada y que hoy se expresa en calles sucias y nuevas amenazas de emergencia sanitaria.

El nuevo Plan de Ordenamiento Territorial es desmedido e improvisado: la gente no se va a ir al centro de la ciudad porque a Petro le parezca sino por contar con una buena dotación de servicios y seguridad, además de movilidad que él mismo ha comprometido al peatonalizar (lumpenizar sería una mejor definición) una de las pocas salidas con que contaba. El desmonte de los colegios en concesión condena a 40.000 niños al desgreño administrativo de los públicos y deteriora la calidad de la educación que estaban recibiendo y que era una buena señal para todo el sistema.

Petro hizo su defensa de lo público a la brava, lo que ha producido el desprestigio del concepto mismo. Sin embargo, la intervención del Estado puede ser enormemente productiva, redistributiva a favor de los que menos tienen y ejecutada mediante fórmulas conocidas que impidan la corrupción, la irresponsabilidad y el desgreño. Requiere de una tributación justa, división de poderes que vigilen el gasto, concursos de obra, empresas públicas que no puedan ser capturadas por intereses particulares, que contraten con base en méritos y, no menos, hacer planeación a largo plazo; en fin, aprender de lo que hace bien la empresa privada.


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