Salomon Kalmanovitz
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El lodazal
11 de mayo de 2014 - El Espectador

 

Generalmente me resisto a escribir sobre temas candentes y actuales porque impiden acercarse a la verdad. “La lechuza de Minerva —decía Hegel— inicia su vuelo al caer el crepúsculo”, sugiriendo que sólo el paso del tiempo permitía decantar lo que había sucedido en la historia
Salomon Kalmanovitz
 

Detrás del lodo lanzado por las campañas presidenciales, sin embargo, se pueden adivinar algunas verdades: la destitución del superintendente financiero Augusto Acosta por el gobierno de Uribe le dio rienda suelta al grupo Interbolsa de manera irresponsable, con altísimo costo para los que invirtieron sus dineros, confiados en que era un grupo financiero vigilado. Uribe y Zuluaga representan una visión económica plutocrática que les dio ventajas injustificables a grupos económicos tradicionales, pero también a algunos nuevos que resultaron delincuenciales, como los primos Nule, criados y alimentados por el mismo régimen. Así es imposible hacer obras públicas.

Más importante quizás fue que redujeron la tributación y las regalías a empresas de todo tipo, atentando contra las finanzas del Gobierno, poniendo en riesgo el medio ambiente y el suministro de agua a las comunidades, incluyendo el de ciudades como Bucaramanga. Los privilegios otorgados a las zonas francas, en especial las que beneficiaron a los hijos del presidente Uribe en Mosquera, son una muestra del tipo de gobierno contrademocrático que ejercería Zuluaga de alcanzar la Presidencia.

La vinculación a la campaña de Zuluaga de un hacker, que posiblemente le suministraba información confidencial tanto a Uribe como a la campaña del Zorro sobre las negociaciones en La Habana, revela no sólo un delito contra la seguridad del Estado (que configura en algunos países “traición a la patria”), sino la vinculación de elementos neonazis a la campaña del llamado Centro Democrático. La asociación del procurador Ordóñez con tales grupos en su juventud, que lo llevó a quemar libros, incluyendo los de García Márquez, y su papel actual de ariete de Álvaro Uribe contra el presidente candidato, revela que se trata de un proyecto político peligroso, muy cercano al fascismo ultracatólico tropical.

En el caso de la campaña de Santos, su vinculación sucesiva con J.J. Rendón, para quien el “todo vale” es la base de su negocio, y que fue tan exitoso en el desplome de la candidatura de Mockus en 2010, me parece cuestionable. El senador Uribe es especialmente malévolo cuando asocia el pago de 12 millones de dólares al mercadotecnista de política con que una sexta parte fue para la campaña de hace cuatro años. Incluso las fechas no parecen cuadrar. Pero no me parece sorprendente lo sucedido; por eso, me sigue produciendo reservas un segundo gobierno de Santos, aunque valoro su apuesta por la paz.

La construcción de la paz, sin embargo, requiere de un cambio profundo en la sociedad colombiana que no me parece pueda adelantar una “estirpe” de bogotanos arrogantes que se nutren del clientelismo y de la corrupción para permanecer en el poder. Se requiere de un sistema político basado en partidos fuertes, diferenciados por ideologías, con representación delimitada por circunscripciones ante las cuales debe responder el elegido, como las propuestas por John Sudarsky, con campañas financiadas por el Estado y no por los particulares ni por contratistas del mismo Estado. Hoy no tenemos competencia política en la elección presidencial sino el enlodamiento de la reputación del contrario.


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