Salomon Kalmanovitz
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El califato
24 de agosto de 2014 - El Espectador

 

Son muchas las críticas que hace la izquierda contra Israel y sus malogradas relaciones con los palestinos, en especial con la agrupación político-militar de Hamás y la población de Gaza que representa, la que ha debido asumir los mayores costos en vidas y propiedad del conflicto.
Salomon Kalmanovitz
 

Pero recibe escasa atención lo que están viviendo los islamistas chiitas, las minorías cristianas y una antigua religión preislámica, los yazidistas, que han sido desplazados de las montañas del Kurdistán iraquí frente al avance del ejército terrorista del Estado Islámico (ISIS). Este aspira a establecer un califato que domine primero a Siria e Irak, después al mundo islámico, y eventualmente acabar con la civilización occidental, que acusan de degenerada.

La ocupación de los yihadistas suníes de la ciudad de Mosul, la segunda en tamaño de Irak, ha llevado a que identifiquen a las familias cristianas pintando en sus casas la letra árabe nun, equivalente a la n latina, que recoge el calificativo de nazarenos que utiliza Mahoma en el Corán para referirse a los cristianos. Al llegar, otorgaron un plazo perentorio de un mes a las poblaciones cristianas para convertirse al islam, bajo riesgo de que fueran acusadas más adelante de acogerse a su versión extremista por oportunismo. Eso recuerda al cristianismo de fines del siglo XV, forzando la conversión de las poblaciones judías y moras de la península Ibérica y con la Inquisición verificando la sinceridad de los “cristianos nuevos”. Pero es obvio que el cristianismo se ha dividido y transformado profundamente hacia la tolerancia, arrastrado por el progreso político de Occidente en los últimos 500 años. En muchos lugares los yihadistas han recurrido a las crucifixiones de infieles, volviendo a la tradición romana de hace dos milenios, y han decapitado a chiitas, a cristianos, a rehenes occidentales y a los que consideran espías.

En Mosul, las minorías religiosas bajo el yugo del califato han contado con tres opciones en caso de rechazar su conversión: pagar el tributo denominado jizya, que es impuesto a los no musulmanes como forma de servir y de mostrar la sujeción a los musulmanes verdaderos; escapar de la ciudad inmediatamente —perdiendo su casa y todos sus bienes, incluido dinero y joyas—, o ser decapitados.

Desde entonces, sus viviendas, así como los templos cristianos de Mosul, han aparecido pintadas con la n en árabe, para señalar que son propiedad del autodenominado califato. Aunque la mayoría naturalmente optó por la opción de escapar, muchos dejaron la llave de sus casas a vecinos musulmanes, confiando en que se las cuiden por si algún día pueden volver.

Ante la enorme crueldad y barbarie desplegada por el ISIS, hasta Al Qaeda se ha deslindado por el rechazo que genera en la mayor parte del mundo islámico. Irán y el régimen de Al Asad en Siria son sus abiertos enemigos, acercándolos a Estados Unidos. Sin embargo, la extrema crueldad del ISIS le ha servido para atraer a los hijos mejor educados de los inmigrantes árabes de Inglaterra, Francia y Estados Unidos que se sienten discriminados en sus lugares de residencia.

Las ambiciones de ISIS son más amplias que las establecidas por Hamás para la construcción de un Estado palestino y, por lo tanto, no lo apoya. Para el ISIS se trata de reconquistar lo que llaman la Gran Siria, acabar con Jordania, debilitar a Estados Unidos dentro y fuera de sus fronteras y ahí sí atacar a Israel desde todos sus flancos.


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