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Desequilibrio externo
29 de junio de 2014 - El Espectador

 

La economía colombiana viene creciendo con mucho gasto y escaso ahorro. La inversión ha sido principalmente extranjera y la nacional financiada en buena parte por crédito externo.
Salomon Kalmanovitz
 

La economía colombiana viene creciendo con mucho gasto y escaso ahorro. La inversión ha sido principalmente extranjera y la nacional financiada en buena parte por crédito externo. El propio gobierno gasta más de lo que le entra por impuestos y la renta petrolera, financiando su déficit con crédito en dólares o con deuda en pesos que adquieren los inversionistas extranjeros. Ha debido hacer una reforma tributaria progresiva hace rato, que permitiera hacer un ahorro y contribuir así a un menor desequilibrio exterior.

La consecuencia ha sido revaluar la tasa de cambio, induciendo a que crezcan las importaciones y se frenen las exportaciones. Eso lo muestra el DANE en las cuentas nacionales del primer trimestre de 2014 desglosadas desde la demanda: las exportaciones aumentaron 7,4%, pero las importaciones lo hicieron en 16,3%. La cifra hasta abril para la balanza comercial fue de menos US$1.460 millones, que demuestran su fuerte deterioro. En efecto, la balanza comercial pasó de números positivos entre 2008 y 2013, incluyendo un superávit de US$5.400 millones en 2011, al resultado tan negativo de lo que va de 2014.

La balanza comercial positiva contribuía a contrarrestar la cuenta corriente negativa, que incluye la remisión de utilidades y el pago de intereses por la deuda externa, equivalente a -3,3% del PIB en 2013. Mientras más inversión extranjera entre y se endeuden más con el exterior el Gobierno y las empresas privadas, más se deteriorará esta cuenta. La proyección para 2014 es que el déficit de la balanza comercial alcance -1,2% del PIB ($8,8 billones) y la cuenta corriente supere el -4% del PIB, obligando a recurrir a las reservas internacionales que ha venido adquiriendo penosamente el Banco de la República.

Afortunadamente, se está conformando un nuevo consenso entre los economistas del país: hay que subir impuestos. La reforma tributaria de 1986, que abolió el impuesto a los dividendos, para evitar una supuesta doble tributación, estaba equivocada, no sólo desde el punto de vista de la equidad sino también en términos macroeconómicos y de incentivos.

Se trata del impuesto que recaía sobre los dueños de las empresas y que es el principal instrumento para que los que más tienen contribuyan a financiar al Estado y éste pueda desplegar gasto (sin clientelismo ni corrupción) en educación y salud; se reduciría así la enorme desigualdad que caracteriza a Colombia.

La desaparición de este rubro tributario obligó a aumentar el IVA e introducir impuestos tan distorsionantes como los que recaen sobre las nóminas y sobre las transacciones financieras, lo cual no impidió que el Gobierno entrara en un déficit fiscal estructural. Incluso el impuesto al patrimonio contra las empresas castigaba a las más intensivas en capital y a las más antiguas, aunque el que recaía sobre las personas naturales era progresivo. Hablo en pasado porque era un impuesto temporal que se acabó.

Hasta ANIF estuvo de acuerdo con que se aprobara un impuesto irrisorio de 5% a los dividendos. En los países serios, el impuesto a los dividendos es mayor que el que recae sobre las empresas (hasta 55% contra 25%), induciéndolas a invertir más y a repartir menos dividendos.

Ahora estamos no sólo frente a un profundo desequilibrio externo y fiscal sino a la necesidad de financiar los gastos del posconflicto, lo que exige una reforma tributaria general; pero, además, menos clientelismo y corrupción.


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